Iker Casillas, el guardameta que fue santo

EE.UU. se acerca a los 12 millones de contagiados por covid-19

—¿Y ahora todo es demasiado empresarial?

—No. Es necesario. Los tiempos que corren han hecho que el fútbol y el club hayan ido por ahí, y creo que la perspectiva con la que lo enfocó en su día Florentino [Pérez] ha sido la acertada. No hay duda. Y más con lo que está haciendo ahora

El 1 de mayo de 2019, Día de los Trabajadores, el flujo mitológico de buena suerte de Iker Casillas Fernández (Móstoles, 1981) se taponó exactamente en su arteria coronaria derecha. Un infarto agudo de miocardio lo tumbó sobre el césped cuando se disponía a iniciar un entrenamiento con el Oporto. Lo primero que notó fue “una bocanada de aire que sabía diferente”, según relata en Colgar las alas, la serie sobre su carrera que estrena Movistar el 27 de noviembre. “Era como un aire seco”, precisa a principios de este mes en una entrevista con El País Semanal al hilo del documental. Le cuesta describir con palabras aquella angustia. “Era como si intentara aprovechar el mismo aire que tenía dentro, como si mi cuerpo intentase sobrevivir respirando lo que fuera. Sentía un dolor tan fuerte en el pecho que parecía que me lo estaban aplastando. ¿Te imaginas estar sumergido en una piscina y que haya un cristal en la superficie que te impide salir?”.

El hombre que fue santo, el superdotado de la portería cuyas paradas inverosímiles parecían del orden de lo milagroso, experimentó lo vulnerable que puede ser el corazón de un ser humano. Con la tensa hora que transcurrió entre el inicio del infarto, su traslado al hospital y el cateterismo que le limpió el coágulo arranca una serie que muestra cómo se salvó la vida de la persona y se cerró el recorrido del mito, y que da un banderazo de salida a la puesta en valor de la leyenda; un concepto del que Casillas huye con la modestia relativa de quien todavía conserva en las yemas de los dedos el tacto ­áureo de la Copa del Mundo.

“Cuando oigo esa palabra, me digo: ‘¿Estarán hablando de mí o se estarán equivocando?”, dice durante el encuentro en un impersonal chalé a las afueras de Madrid de la agencia que lo representa. Prefiere mantener la privacidad de su hogar, y que no se aborden temas de su intimidad. Hace años trascendió un conflicto grave con sus padres por el control de sus propios negocios. La prensa rosa lo escruta desde que en 2010 mostró su noviazgo con la periodista Sara Carbonero dándole un beso ante las cámaras en pleno éxtasis mundialista. Hoy son padres de dos niños. Ella fue operada de un tumor maligno tres semanas después del infarto de su marido. Tras su malhadado 2019, prueban nuevos rumbos. Carbonero con la moda. Casillas con la parte política del fútbol. En febrero se postuló a presidente de la Federación Española —aunque desistió en junio con todo patas arriba por la pandemia— y en verano se rumoreó en distintos medios que esta temporada podría volver con algún cargo al Madrid. Entretanto, va y viene al cole a recoger a sus críos, Martín y Lucas. Por las mañanas toma clases de inglés.

La mano derecha del santo. J. RAJOTTE La entrevista se realizó en un cuartito en presencia de un representante suyo —los héroes de nuestro tiempo ya no se suelen quedar a solas con los periodistas— y del reportero que lo siguió meses para Colgar las alas, Luis Fermoso. “Lo más interesante”, dice el periodista, “ha sido acompañar a un personaje extraordinario en un momento extraordinario. Acompañarlo en el proceso de recuperación y, sobre todo, en la toma de una decisión difícil, porque yo siempre he pensado que para el futbolista existen dos grandes demonios: las lesiones y la retirada”. Fermoso, discípulo del maestro Michael Robinson, y sus compañeros han elaborado un relato que cruza el repaso de la descomunal carrera de Casillas con el seguimiento de su tenaz rehabilitación cardiaca. En una escena de sus primeros ejercicios de fuerza, Iker trata de levantar unas pesas, se fatiga y necesita sentarse en una banqueta. Se queda mirando para las pesas, lívido, frotándose la cara con la mano, como incrédulo, y dice: “Son 30 kilos, ¿no?”.

Al guardameta le quedaban dos años de contrato con el Oporto y pensaba retirarse a los 40. Aunque había empezado a prepararse para la vida después del fútbol y la retirada no le daba pánico, el infarto lo precipitó todo con una violencia que describe como si se hubiera cortado “un filete” de golpe. Para un hombre acostumbrado desde que era un porterito prodigio en la cantera del Real Madrid al control y a la suficiencia, fue desconcertante perder el mando —”¿Por qué no puedo cerrar mi capítulo cuando yo quiera y como yo quiera?”, se preguntaba— y ver su cuerpo doliente: “Mi mayor frustración era que yo el día anterior estaba volando de palo a palo de la portería y al día siguiente no podía ni caminar los ocho metros entre mi camilla y el baño”.

Cuando Fermoso se encontró con él por primera vez para ponerse con el documental, dos meses después del infarto, se quedó impactado por lo castigado que estaba. Enjuto, con los pómulos marcados y la mirada apagada. “Físicamente parecía un zombi de esos de The Walking Dead”, ilustra Casillas, que ahora presenta un aspecto formidable, con una bonita figura, de espaldas anchas y con ese explosivo tren inferior que le permitió brincar tanto y tan rápido como para realizar una parada como la que le hizo en Sevilla a Perotti —”¡Atención. El portero levita!”, improvisó el locutor Manolo Lama— u otras menos famosas como el gol que evitó ante un testarazo a bocajarro y a puerta vacía de Saizar en Eibar en 2004, recordado con deleite durante una conversación telefónica por Manuel Amieiro, el exentrenador de porteros del Madrid que lo pulió desde que era niño. “Vi desde el principio que era muy observador”, dice Amieiro. “Siempre estaba con los ojos y los oídos como platos”.

Han pasado tres décadas y uno tiene la impresión de que Casillas —después de todas las Ligas de Campeones, las Ligas españolas, la Copa del Mundo, las dos Eurocopas, los récords; después de todos esos trofeos de club, de selección e individuales, y de los millones y millones de euros— mantiene esa inteligencia de zorro. A diferencia de otras grandes figuras del deporte o de otros ámbitos, o directamente del común de la población, es capaz de callar, mirar y escuchar al otro. Iker Casillas es una estrella que presta atención. Su tono de voz es juvenil y su actitud tiene notas adolescentes de candidez y vacile, pero sobre la mascarilla asoma una mirada inspectora, de ojos pequeños y lindos, que conduce a una mente madura y pragmática cada vez más ejecutiva. Ya no estamos ante “el Iker futbolista”, sino ante el “Iker directivo”, dice, o más bien, podría precisarse, ante un Casillas en cuidada transición del terreno de juego al del poder.

Casillas en la Torre de Cristal de Madrid, el rascacielos más alto de España, construido al igual que otros altos edificios de negocios sobre los terrenos de la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid, donde se formó él de niño. JAMES RAJOTTE Tras el infarto pasó unos meses desubicado y tratando de comprender lo que había pasado. Los doctores le explicaron que forma parte del reducto de población joven que sufre una cardiopatía sin motivo aparente. Juan Villoro, autor de Dios es redondo, una crónica del fútbol como religión laica, ha escrito: “El guardameta es el pararrayos, el fusible que se calcina para evitar daños”. ¿Pudo tener que ver el haber estado sometido a estrés durante años como portero de élite? “Pues es que eso lo llevo soportando desde que tengo 15 años”, responde. “Y ahora estaba en mis últimos momentos en el fútbol, disfrutando sin ningún tipo de presión. No lo entiendo. A lo mejor puede ser una acumulación de tanto tiempo, que un día explota. No sé. Tampoco quiero darle más vueltas”, dice. Con los meses, su preocupación por el infarto se ha ido rebajando. Ya no cuenta cada mañana cuántos días han pasado desde aquello, pero, veloz con los números, le bastan un par de segundos para calcularlo: “Hoy va un año, seis meses y tres días”. A finales de 2019 su proceso de recuperación cogió ritmo y volvió a sentirse en forma. La serie de Movistar refleja cómo el portero va sopesando qué hacer. No dejó de plantearse la posibilidad de volver a jugar hasta que la respetuosa capacidad de persuasión de los médicos portugueses le hizo asumir que no era lo más sensato. “Fui colocando el puzle y al final me dije: ‘¿Y si un chico que tiene hambre y le quiere meter un gol a Iker Casillas llega en un córner y te pega un codazo o te da un golpe fuerte? ¿Otra vez a dar preocupaciones a tu familia y a tus amigos?”. En otra escena del documental, cuando aún no había tomado la decisión, visita en Doha a su amigo Xavi, que entrena a un club catarí. En un lujoso vestíbulo, el exbarcelonista le sugiere que pare y deje paso a la leyenda.

Que ya está, máquina, ya está.

Según dice Casillas, se involucró en el proyecto del documental por dos razones. “Una, reencontrarme conmigo mismo y saber si podía superar la incertidumbre que surge cuando te pasa algo así. La otra, hacerle ver a la gente que a pesar de un contratiempo tan grande te puedes reconvertir y puedes volver a ser tú”.

El pasado 4 de agosto comunicó su retirada con un mensaje en el que decía adiós: “Hoy dejo atrás esos tres palos a los que tanto debo y que echaré de menos”.

Casillas de niño (segundo por la izquierda) con otros compañeros de las categorías inferiores del Madrid. JOSÉ MARÍA GARCÍA Casillas, con 16 años, en su primer viaje con el primer equipo, a Trondheim (Noruega). A su izquierda, Víctor, y a su derecha Seedorf. CLAUDIO ÁLVAREZ Iker Casillas levanta la Copa del Mundo en Sudáfrica en 2010. ALEJANDRO RUESGA Ahora, aparte de sus intereses directivos, espera con ilusión a que France Football anuncie el 17 de diciembre a quién entrega su Balón de Oro a mejor portero de la historia. Compite con otros nueve, con tan grandes contemporáneos como Buffon o Schmeichel y con glorias del pasado como Yashin, Banks o Maier. “Él es desde luego uno de los más grandes”, dice por teléfono Arconada, el portero que marcó época en España cuando Iker era un niño y oía todo el rato repetir el nombre de aquel señor. El periodista Santiago Segurola lo define con una singular paradoja: “Era un portero más preparado para lo extraordinario que para lo ordinario”, y menciona su parada cumbre, cuando en el mano a mano con Robben en la final de Sudáfrica, Casillas aguantó en la salida ante el holandés sin tirarse al suelo, provocó un lapso de indecisión en aquel habilidoso Robocop zurdo y en el instante en que Robben tiró a portería tuvo la intuición de sacar la pierna derecha para —en palabras de Segurola— “desviar con la badana de la bota un balón que prácticamente valía un Mundial”. El hombre que estuvo más cerca de esa jugada fue Joan Capdevila. Por teléfono cuenta que solo trató de que Robben notase su aliento y que lo único que pasó por su cabeza en el instante que duró la jugada fue la palabra “quiricocho”. Iba Capdevila esprintando y repitiendo “¡quiricocho, quiricocho, quiricocho!”, un conjuro que le enseñó un técnico argentino para invocar el mal fario hacia los jugadores contrarios.

Cuando el balón desviado salió por la línea de fondo, el narrador Carlos Martínez hizo lo que Víctor Hugo Morales cuando Maradona metió su gol alienígena en México 86: entrar en trance.

“¡Casillas que vuelve a ser santo! ¡Casillas que nos vuelve a iluminar! ¡Casillas que cierra la portería! ¡Casillas que anula a Robben!”.

Sería bonito que en las escuelas de España los niños viesen esta jugada y escuchasen la intensa narración de Martínez, que viesen la de Diego y también la narración de Morales, que llegó al paroxismo de la locución épica, y que luego en un viaje al pasado leyesen en silencio la Oda a Platko, de Rafael Alberti, dedicada a un portero del Este que brilló en el Barça hace un siglo.

Y el aire tuvo piernas,

tronco, brazos, cabeza.

¡Y todo por ti, Platko,

rubio Platko de Hungría!

Todos nos acordamos de aquella parada, del gol de Iniesta, de la selección española con Casillas de capitán levantando la codiciada copa de oro con dos bandas de malaquita mientras este sufrido país llamado España atravesaba una gran depresión económica. Pero él dice que su recuerdo más querido es el de sus primeros tiempos en la antigua Ciudad Deportiva del Madrid, adonde llegó gracias a su padre, José Luis Casillas, un guardia civil natural del gélido pueblo de Navalacruz (Ávila), empeñado en que le hiciesen pruebas al muchacho.

—Todo aquello era muy familiar —dice Iker.

—¿Y ahora todo es demasiado empresarial?

—No. Es necesario. Los tiempos que corren han hecho que el fútbol y el club hayan ido por ahí, y creo que la perspectiva con la que lo enfocó en su día Florentino [Pérez] ha sido la acertada. No hay duda. Y más con lo que está haciendo ahora.

El Real Madrid se encuentra inmerso en una reforma faraónica del Bernabéu para la que ha pedido un crédito de 575 millones de euros.

—¿Y cuál es tu peor recuerdo?

—El recuerdo de mi salida del Madrid. Yo creo que esa salida no fue acorde al club ni a un jugador que llevaba tanto tiempo —dice Casillas, que en uno de los capítulos del documental sostiene que en aquel momento hubo fallos por ambas partes. En su caso, considera que en el mal desenlace influyó también su “ímpetu por querer salir”.

La corrosiva etapa de José Mourinho en el Madrid (2010-2013) lo dejó tocado y, pese a ganar en 2014 su tercera Liga de Campeones con el club, el 12 de julio de 2015 anunció que se marchaba. El periodista de EL PAÍS Diego Torres escribió: “No lo acompañó ni el apuntador cuando se abrió la puerta de la sala de conferencias, mal iluminada, y apareció este hombre triste enfundado en una camisa oscura”. Según el periodista Juanma Trueba, director de A La Contra, “su salida ha sido uno de los más grandes agravios del deporte español”. “Yo creo que no se había visto nunca un desplome tan drástico de un mito como él, provocado por la toxicidad de un entrenador, sin que nadie se rasgase las vestiduras”.

En la entrevista le enseño a Casillas el recorte de una viñeta publicada días atrás en EL PAÍS por El Roto. La viñeta no hace ninguna referencia a él, pero aparece un santón con su cabeza nimbada por un aura dorada y unas palabras que podrían evocar su herida de aquel entonces. Casillas toma el trozo de papel de periódico y lee en alto la leyenda.

—Extrajeron el oro de su aura, y al santo lo desecharon.

Piensa un instante. Sonríe.

—¿Qué te sugiere?

—Pues ¿sabes qué ocurre? Que cuando me fui de aquí me fui triste, pero después de estos cinco años en Oporto he vuelto y siento mucho más cariño. Hoy en día en Madrid, allá donde voy la gente solo tiene palabras de agradecimiento.

El día de la primera cita para preparar esta entrevista, a inicios de octubre, Iker Casillas acudió a un estudio para ver la grabación de la banda sonora de la serie de Movistar. Antes de marcharse, una empleada le pidió que le firmase un guante minúsculo para su niño de cuatro años.

—Es muy fan del fútbol —explicó—, e igual que hay niños que se vuelven locos con el Pollo Pepe, pues él lo mismo con Iker.

El chiquillo quiere ser portero. Ahora tiene un amuleto: una manopla con la rúbrica de un guardameta al que se le atribuían intervenciones divinas, si bien detrás de toda esa imaginería lo que hubo fue un individuo con un don natural para su oficio, un club ideal para llegar lejos, una gran confianza en sí mismo y una competitividad de acero. Andoni Zubizarreta, exportero del Barça y de la selección, dice: “He jugado demasiados años en la portería para creer en la fortuna. Lo que él tenía era la capacidad de aparecer en los momentos decisivos, y eso es una calidad, una virtud”.

Casillas ratifica la importancia de esa autoconfianza que lo caracterizó desde aquel lejano día de 1999 en que siendo juvenil debutó con el primer equipo contra el Athletic de Bilbao en un San Mamés a reventar, sin mover una pestaña. “Es que si tienes confianza en ti mismo es como si el resto del mundo te importa tres pelotas, o sea, hablando mal”, dice. “No puedes dudar de ti mismo”.

Y cuando parecía que le venían mal dadas, sobrevenían hechos que reconoce como soplos de una fortuna inexplicable. “Creo que también he tenido suerte. Ha habido circunstancias en las que parecía que las cosas se torcían y sin embargo se recolocaban”, rememora. Fue un accidente clave la lesión de César durante la final de la Liga de Campeones de 2002. Iker tenía 21 años y no veía tan claro que pudiera ser titular contra un meta tan experimentado. Pero le tocó salir al campo y el Madrid conquistó la copa tras un asedio del Bayer Leverkusen en el que el guardameta paró todo y consolidó para siempre la base de su culto.

La última sesión de fotos se hace en el enclave financiero que se levanta sobre los terrenos de la vieja Ciudad Deportiva del Real Madrid, a la que el portero llegó con nueve años. Subimos a la sede de la multinacional KPMG en la Torre de Cristal, el rascacielos más alto de España. Iker Casillas aparece vestido con su habitual indumentaria —moderna, sobria— y con una mascarilla con la rojigualda y el toro. Mientras es fotografiado, mira por la ventana. Su expresión es neutra, quizá un punto nostálgica.

—¿En qué piensas?

—En los campos que había aquí abajo y donde entrenábamos. A veces hasta te da la sensación de que todo aquello nunca estuvo aquí.

Casillas en la Torre de Cristal, a más de 200 metros sobre el suelo de Madrid. J. RAJOTTE