Atorrantes

Los atorrantes son desvergonzados, coinciden las tres etimologías de este americanismo incorporado por la Real Academia de la Lengua. Eran unos vagos que vivían en caños de desagüe cloacal en la Buenos Aires del siglo XIX y tenían la marca del constructor: A. Torrants. Estos 42 tienen tatuados en la frente el sello de la infamia aunque el origen y fines de sus trapisondas sea el mismo por donde discurren los desechos y excrementos de la sociedad

Ya le han dicho de todo y no hay manera de sacudirlos. Siempre aparecen con una nueva sorpresa donde exhiben sus impudicias y vergüenzas descaradamente. Se mofan de todo, incluida la Constitución, sobre la que juramentaron cumplirla y hacerla cumplir. Son caprichosos, facinerosos y soberbios. Su irresponsabilidad es tan grave que son capaces de rifarse la República con cualquier acto desvergonzado que les toque. Se agavillan en grupos que conforman mayorías unidas por el deshonor y la pillería. Su desprecio hacia sus mandantes es abierto y descarado. No escatiman acciones para alzarse con el descrédito y el desprecio. Se vanaglorian de decir que representan a la mayoría descarada de este país y obran en consecuencia. Es la Cámara Baja. La representación de lo subterráneo, de lo nauseabundo, de aquello que circula por los sumideros de nuestra vida democrática. Son los atorrantes más descarados que tenemos, al punto que pueden unir todas las voces contra ellos y ratificarse en su decisión de violar un artículo constitucional para concluir afirmando con altanería y desprecio: ¿Y qué? La “banda de los 42” representa un peligro para la República y hay que hacerles saber a sus miembros el desprecio ciudadano. Nuestro silencio puede alentar el retorno de la dictadura. Nos están probando. Ven hasta dónde podemos tolerarlos y en la medida que se mantengan abroquelados y unidos son capaces de elegir un monarca en una República. Han perdido toda vergüenza y canallescamente se desplazan sobre garantías y derechos fundamentales. Pararlos es cuestión de vida o muerte. Si queremos ser como mandantes dueños de nuestro destino esta cámara de la vergüenza tiene que saber de nuestro repudio y rechazo en conculcar primero la libertad de expresión de una colega para luego si asentimos, cargar contra nosotros. Aquí no debatimos lo obvio, vamos por las cuestiones de fondo. Si no les ha importado y se ratificaron que ellos pueden hacer con un reglamento interno todo lo que quisieran e incluso convirtiendo la Constitución en un papel higiénico, es que vienen a por todo y todos.

Asustaron hasta a sus colegas senadores que los reprendieron, a los obispos que casi los excomulgaron afirmando que la corrupción política y el abuso son claves para acabar con la democracia, incluso los concejales de Asunción atrevieron a condenarlos. Solo falta que el sindicato de las meretrices les saque el carné de pertenencia porque no hay manera de convencerles de su atrevimiento y osadía. Los colorados a pie juntillas y el liberal Ortiz, que mentó a su pobre madre maestra de Santa Rosa (Misiones), siguen juntos para desgracia de todos. Lo acontecido no es un hecho menor. Es gravísimo como lo es el silencio del presidente de la República que llegó arropado en una violación constitucional de igual porte. Aquí estamos obligados como mandantes a decirles a “la banda de los 42” que si creen que podrán con nosotros están muy equivocados. Adversarios superiores fueron superados por el espíritu ciudadano de vivir en democracia y libertad que esto que pretenden crear como doctrina conculcatoria de los derechos fundamentales no les permitiremos.

Los atorrantes son desvergonzados, coinciden las tres etimologías de este americanismo incorporado por la Real Academia de la Lengua. Eran unos vagos que vivían en caños de desagüe cloacal en la Buenos Aires del siglo XIX y tenían la marca del constructor: A. Torrants. Estos 42 tienen tatuados en la frente el sello de la infamia aunque el origen y fines de sus trapisondas sea el mismo por donde discurren los desechos y excrementos de la sociedad.